lunes, 20 de diciembre de 2010

LA HISTORIA DE UN EXCELENTE COMUNICADOR



Jacobo Zabludovsky

El noticiero GM

El Universal de Mèxico

Hace 60 años, empecé a escribir el primer noticiero de la televisión mexicana.

Decir eso es una manera de simplificar las cosas. Debía explicar antes como cayó en mis manos el enigma de crear una manera de hacer periodismo en un invento desconocido, inaugurado el 1 de septiembre de 1950 en un informe presidencial de Miguel Alemán.

El cuento empieza el 3 de enero de 1945, fecha de mi permiso de locutor, documento entonces indispensable para trabajar en radio. Leí anuncios en XEQK, “La estación de la hora exacta”, en la calle de Uruguay, y en XEMC, “La estación más española del mundo”, en Xochimilco. En 1946 tuve la suerte de pedirle trabajo a Alonso Sordo Noriega, el más intuitivo narrador radiofónico que he oído en mi vida. Se había publicado que construía una emisora de gran potencia y mientras llegaba el día de la inauguración me puso a redactar los noticieros de Cadena Radio Continental, empresa por él dirigida, en Córdoba 48, colonia Roma. En noviembre de 1947 abrimos con gran pompa XEX, conmigo en la subdirección de los noticieros bajo la jefatura de don José Castellot.

En 1948 recibí una inesperada petición: escribir un noticiero diario de 15 minutos para Guillermo Vela, quien decía haber sido comentarista de Mutual Broadcasting Co., en Laredo, de donde era oriundo, y ofrecía el patrocinio de General Motors siempre y cuando él leyera las noticias. Se hizo. El locutor comercial era Pedro Ferriz, actual vecino de Acapulco.

XEX, propiedad de Petróleos Mexicanos, fue adquirida entonces por don Rómulo O´Farrill, dueño de Publicaciones Herrerías, editora del periódico Novedades, en el que yo colaboraba, y muy amigo del presidente Alemán. Obtuvo la concesión para establecer XHTV, canal 4. Gonzalo Castellot leía el periódico de la casa, pero cuando se decidió hacer un noticiero, que no existía, don Rómulo recurrió a la receta exitosa de la radio y nos pidió llevar el noticiero GM a la televisión, agregando al equipo a Mario de la Piedra, empleado de Publicidad D’Arcy, aún activo, a cargo de la dirección de cámaras.

El problema, pequeño pero problema, era crear una manera clara de ordenar textos e instrucciones sin hacer confuso el libreto. No era útil el procedimiento de la radio al faltar la imagen, ni el de un guión de cine, ante la necesidad de facilitar, al cobijo de errores, la lectura de la noticia y las órdenes al director de cámaras. En un rincón del piso 13 de la Lotería Nacional, frente al Caballito, escribía el guión, con la máquina (no eléctrica) sobre mis rodillas, confiando en que el papel calca dejara claras las últimas de las ocho copias indispensables. Cada tarde durante más de siete años, sábados y domingos incluidos, se cumplió la rutina de galeotes, con el mismo formato de página que se usó durante años en todos los noticieros de televisión hasta que se estableció la costumbre de leer en teleprompter.

Ese primer noticiero salió al aire el 5 de diciembre, en estos días hace 60 años, después de intentos fallidos y ensayos relámpago en un espacio mínimo, útil para todo, donde Avelino Artís Gener, Tísner, (muerto en su Barcelona, a la que volvió el día que se le adelantó Franco, donde le compré una barretina igual a la que perdió en la guerra civil), sacaba de su sombrero de mago la escenografía, apareciéndola en un lado del saloncito ascendido sin mérito alguno a estudio, mientras en el otro pasaban en vivo los comerciales del reloj Omega Seamaster Automático, el teatro de Brígida Alexander o la serie de vaqueros El rayo veloz (“Prohibido estacionar su caballo en doble fila”), debida al ingenio de Abel Quezada, con el debut artístico de su ayudante en Ovaciones, un chamaco llamado Héctor Lechuga, que por fortuna sigue haciendo reír a la gente.

Fue el principio del gran sistema de comunicación conocido con el nombre de Televisa, producto de la fusión de las empresas de los señores O’Farrill y Emilio Azcárraga Vidaurreta, quien inauguró el canal 2 en 1951 en la avenida Chapultepec.

Tal vez valgan la pena estos recuerdos en calidad de modesta aportación a la historia mexicana de un fantástico medio de información y publicidad sin cuya presencia no se entiende el México actual.

Me tocó participar en el nacimiento en nuestro país de la más poderosa herramienta de comunicación creada por el hombre. Si me preguntan, a veces lo hacen, cómo entré a la televisión, recuerdo y relato lo que les acabo de contar y digo sin petulancia, sólo por respeto a la verdad histórica: “Cuando la televisión llegó, yo ya estaba ahí”.

60 años. Buen pretexto para sacudir de la memoria el polvo de los años y compartir recuerdos de una época evanescida hace una fracción de segundo.

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